miércoles, febrero 11, 2009

NOSTALGIA


AYER ME ACORDÉ MUCHO DE ROQUE DALTON, NO PUDE EVITAR PONER UN POEMA DE SU AUTORÍA


DECIRES
«El marxismo-leninismo es una piedra
para romperle la cabeza al imperialismo
y a la burguesía.»

«No. El marxismo-leninismo es la goma elástica
con que se arroja esa piedra.»

«No, no. El marxismo-leninismo es la idea
que mueve el brazo
que a su vez acciona la goma elástica
de la honda que arroja esa piedra.»

«El marxismo-leninismo es la espada
para cortar las manos del imperialismo.»

«Qué va! El marxismo-leninismo es la teoría
de hacerle la manicure al imperialismo
mientras se busca la oportunidad de amarrarle las manos.»

¿Qué voy a hacer si me he pasado la vida
leyendo el marxismo-leninismo
y al crecer olvidé
que tengo los bolsillos llenos de piedras
y una honda en el bolsillo de atrás
y que muy bien me podría conseguir una espada
y que no soportaría estar cinco minutos
en un Salón de Belleza?

martes, diciembre 16, 2008

Ciudadanía


Habemos de encontrarla, se dice,
En la ciudad en que caminan los deseos con paso sigiloso
En que el frío hace que los diálogos emitan nubes en las conversaciones secretas.

Se sabe que anda, que rodea el ímpetu de los exitosos
Y las maquetas de los arquitectos.

A las camas de los loft, solteros de cáscara de huevo,
Que en sus sueños desean no haberla encontrado
Que en reuniones se jactan de su libertad,
Pero les abunda en sus cervezas y vinos de ocasión.

Digamos que un día vino y no le abrí la puerta,
Pero eso es mucho decir
Mi puerta queda abierta siempre, hace rato tengo malo el cerrojo
Digamos más bien que anduvo y tuvo piedad, o compasión
La fuerza de la fragilidad es insospechada, me dijeron tirando vapor de sus bocas
Y quedé secreteando a las ratas y palomas.

Se les ve buscándola, los distingo por sus camisas,
Algunos, subrepticiamente andan evitando la florería de sábanas limpias
y carteles de neón,
Otros tratan de olvidar los consuelos de pantalla y se dejan llevar.

La ciudad en que caminan las ruedas del orden a paso agigantado
Resguarda mi ubicación correcta de la que me escapo
Incita a mi criterio desobediente y desalineado
Me obvía en las tarjetas de navidad y casamientos blancos.

Habemos de encontrarla, se dice,
Pero se percibe el frío secretamente
Y a veces cuando anda de madrugada bebiendo de los vasos abandonados y nadie ve entre ventanas,
Ella misma secretea
y el vapor que sale de su boca es la señal para que se acerquen los desdichados de alcantarilla y museo
a pedirle el último trago y el último consejo trasnochado.

jueves, octubre 09, 2008

Ganas de irse


PECES DE CIUDAD

Joaquin Sabina

Se peinaba a lo garçon
la viajera que quiso enseñarme a besar
en la gare d’Austerlitz.

Primavera de un amor
amarillo y frugal como el sol
del veranillo de san Martín.

Hay quien dice que fui yo
el primero en olvidar
cuando en un si bemol de Jacques Brel
conocí a mademoiselle Amsterdam.

En la fatua Nueva York
da más sombra que los limoneros
la estatua de la libertad,

pero en desolation row
las sirenas de los petroleros
no dejan reír ni volar

y, en el coro de Babel,
desafina un español.
No hay más ley que la ley del tesoro
en las minas del rey Salomón.

Y desafiando el oleaje
sin timón ni timonel,
por mis sueños va, ligero de equipaje,
sobre un cascarón de nuez,
mi corazón de viaje,
luciendo los tatuajes
de un pasado bucanero,
de un velero al abordaje,
de un no te quiero querer.

Y cómo huir
cuando no quedan
islas para naufragar
al país
donde los sabios se retiran
del agravio de buscar
labios que sacan de quicio,
mentiras que ganan juicios
tan sumarios que envilecen
el cristal de los acuarios
de los peces de ciudad

que mordieron el anzuelo,
que bucean a ras del suelo,
que no merecen nadar.

El Dorado era un champú,
la virtud unos brazos en cruz,
el pecado una página web.

En Comala comprendí
que al lugar donde has sido feliz
no debieras tratar de volver.

Cuando en vuelo regular
pisé el cielo de Madrid
me esperaba una recién casada
que no se acordaba de mí.

Y desafiando el oleaje
sin timón ni timonel,
por mis venas va, ligero de equipaje,
sobre un cascarón de nuez,
mi corazón de viaje,
luciendo los tatuajes
de un pasado bucanero,
de un velero al abordaje,
de un liguero de mujer.

Y cómo huir
cuando no quedan
islas para naufragar
al país
donde los sabios se retiran
del agravio de buscar
labios que sacan de quicio,
mentiras que ganan juicios
tan sumarios que envilecen
el cristal de los acuarios
de los peces de ciudad

que perdieron las agallas
en un banco de morralla,
en una playa sin mar.

jueves, julio 31, 2008

Ya van cinco

"...sino algo más sutil, como si la realidad, en el interior de aquel cuarto perdido, estuviera torcida, o peor aún, como si alguien, Cesárea, ¿quién si no?, hubiera ladeado la realidad imperceptiblemente, con el lento paso de los días. E incluso cabía una opción peor: que Cesárea hubiera torcido la realidad conscientemente..."

de Detectives Salvajes


Fin de novela


Trabajaba de junior en una librería, me enviaron a dejar unas facturas al centro, eso era buena noticia, era tan lejos la oficina que podía entretenerme leyendo mientras viajaba en las nuevas micros. Saco la novela, estoy conciente de las pocas páginas que me faltaban, comencé a leer. Intercalaba la mirada entre el libro y las distracciones de un viaje. Me quedaba, casi a la mitad del camino, nada más que dos planas del libro, leo con afición. Lo termino, no puedo creer, quedo mirando hacia afuera de la ventana como esperando respuesta. No puedo agüantar, me paré, caminé hacia la puerta de atrás, me quedaban más de veinte minutos de viaje, pero necesitaba bajarme. Lo logré casi cayéndome, ví una banca de calle, corri hacia ella, y me senté. Tomé la novela, la revisé como si escondiera algún tipo de maleficio. Miré buscando a ver si alguien me observaba, leo su título "Detectives Salvajes" y me tranquilizo. Me paré, agarré firmemente el libro, tomé otra micro, me senté hacia la ventana, dejé el libro en mis piernas y lo volví a empezar.

viernes, junio 27, 2008

a Salvador Allende

Había un país que aprendía lecciones de sí mismo, se miraba tranquilo al levantarse en el Pacífico... había un país que fué invadido por la inocencia.

miércoles, junio 11, 2008

La "Memoria Obstinada"


"...Ese cordón umbilical llamado historia"

Caminaba despacio por un completo en mi laboral hora de almuerzo a través del moderno paseo Huérfanos. Me puse a mirar las tiendas, por mirar algo, ya era un ejercicio elemental para distraer la cabeza de tanta cifra en la oficina. Calcetines y aparatos nuevos que llegaban de Europa. Me lamenté en un momento por la muerte anunciada que tienen las tiendas de videoclub, el cine era una de las pocas cosas que tranquilizaba al llegar a casa. De pronto mientras pensaba en aquello se me cruzaba ante mis ojos una vitrina que rezaba "películas de estreno a mitad de precio”, (ya se las arreglarán para no cerrar el negocio, pensé) me detuve y miré. Entré buscando la última, esa que acababa de salir de la pantalla grande, había que verla, la buena publicidad, etc. Cuando me dirigía a la sección de las más vistas, de pronto en medio de las que nadie arrienda, esas que pesan de polvo, encuentro casi por una cuestión de azar "La memoria obstinada", documental, la tomé en mis manos sonreí, miré a mi alrededor, y vi gente triste, en medio de la ciudad, vistiendo de pantalla, y software, e indiferencia con el aire y con las demás personas que también transitaban por el paseo Huérfanos, moderno, sin tiempo, blanco, ciudad que había dejado de jugar a buscar la libertad con presidentes y cordones. ¡De qué memoria obstinada me hablan! pensé. No quise arrendar, me puse a mirar a la gente con el título de ese documental en la cabeza.

Al lado del DVD estaba “Rocky”, parece que era la sección de clásicos. Salí rápidamente del lugar. Seguí caminando con esa sonrisa que contiene una pena, esa que se conjuga como el llanto con la alegría cuando uno revienta de risa. Saqué mi móvil para mirar la hora, para ver si se me hacía tarde para almorzar. Cuando de pronto, en la esquina de la calle Amunátegui con el paseo peatonal, entre edificios nuevos y forma decadente, y cafés falto de las ideas de los años creadores, se terminan las baldosas y empieza la calle casi violentamente. No sé el porqué, y no me importa, pero miré hacia el asfalto rápidamente.

Y de pronto ahí estaban, frente a mí, destruyendo obstinadamente el olvido a través del concreto y devolviéndome a su vez la risa pulcra. Eran dos intactos rieles de tranvía de años olvidados, que surgían y hundían en la calle cual danza de serpiente feroz, alimentando con su cuerpo talvez secretamente los recuerdos citadinos, como raíces de la historia, sobreviviendo clandestinos, erguida dignidad, ¡ah! memoria. Entonces me fui respirando más tranquilo, vi con otro color a las personas, y me fui respirando, levanté la cabeza, en la tarde arrendaré una película, pensé.

sábado, mayo 10, 2008

Otro relato


Rearme




“Supe por casualidad, nunca me enteré del porqué no me avisaron, era el primer encuentro entre ex compañeros de facultad, los que egresamos el 2004. En principio no le di importancia pero creo que recién empiezo a entender”. Así empezó a contarme Víctor la historia, parecía nervioso, prendió cigarrillo tras cigarrillo en mi casa. Llegó al otro día del encuentro hasta mi departamento, sin avisarme. Lo atendí porque es mi amigo, aunque hace solo unos meses, pero lo era. Llegó con la cara medio pálida, y al parecer no había dormido hace bastantes horas. Le serví un vaso de vino, y se tranquilizó un poco, disculpa que te moleste así tan de repente, pero necesitaba hablar con alguien, dijo tratando de justificar algo que yo aún no entendía. Hubo silencio y continuó.

“Gonzalo, me llamó dos días antes para que fuera a hablar con una profesora de latín que yo había tenido en la universidad para que lo ayudara a corregir unos textos que el estaba estudiando, es muy mateo Gonzalo cuando se lo propone. El caso es que partí a la facultad a buscar a la profe y pedirle su celular para que él la llamara. Me quedé un rato dando vueltas, recordando, mirando las aulas, los lugares en que yo había estado cuando era estudiante de Literatura. Compré un café en el kiosco, hablé con la tía Sandra que atendía todavía el negocio, y me senté frente a la biblioteca. Estando ahí, mirando los carteles que estaban pegados en la mampara de vidrio, supe lo de la reunión. Había carteles de distinto tipo, conferencias, etc. Pero en medio estaba el llamado a la fiesta de los egresados el 2004. Y me di cuenta que era en dos días más, el viernes, ayer.”

Víctor se secó un poco de sudor que tenía en la nariz y continuó. “Fui entonces ayer, y de inmediato me sentí un poco aislado, pero no fue evidente, así que yo no le di importancia, pensé simplemente que era porque no nos veíamos hace años, y había distancia al hablar. Empezamos poco a poco a conversar, sin mayores contratiempos, y creí entonces que era solo imaginación mía, al poco estaban todos conversando, los distintos rumbos de cada uno, etc. Andaban la mayoría. En la medida que pasaba la noche empecé a preguntar a varios de cómo se habían enterado de lo del encuentro, y me respondían generalmente que por mail o por celular. Eso sí me llamó la atención”, pero a lo mejor era porque simplemente no tenían ni tu mail ni tu celular, le dije a Victor. “Oye, una de las que organizaba todo era Úrsula, tú la conoces, ella trabaja contigo, como no podría haber averiguado mi teléfono si tú lo tienes, ella sabe que nos conocemos, alguna vez tu le hablaste de mi”. Es verdad, le respondí, le pregunté por ti y me dijo que se acordaba perfectamente. “¿Me darías otra copa? Sigo, entonces alguien empezó con los brindis, por el éxito de uno, por los hijos del otro, por el recién casado, por los nuevos pololos, etc. Eran las dos de la mañana y acababan de empezar con los brindis, yo había llegado a eso de las doce y media, es decir hace muy poco, y ahí recién empecé a darme cuenta de todo, sabes. Empezaron a bailar, gritando, pero me evitaban, empecé a sentir que me evitaban, ahora sí lo sentía muy fuerte, quise hablarle de ti a Úrsula, pero no me tomó mucho en cuenta, era extraño, yo no entendía nada”. Sonó el teléfono y detuve en su relato a Víctor, que prendía otro Belmont light.

Me levanté con un poco de flojera, aún no entendía nada, pero la historia empezaba a interesarme a pesar que aún no sabía dónde iba. Contesté, hola quien habla, dije serio. Soy Úrsula, ¿cómo estás?, bien, pero que curioso, tomé el teléfono y me fui a hablar a la pieza del fondo, lo hice casi instintivamente, pero sabía que Víctor no podía saber que estaba hablando con ella, no sabía porque pero me escondí. Me preguntó si estaba él ahí y le contesté afirmativamente, pero qué pasa, le pregunté, anoche dejó la cagada en la fiesta, no sabe, él no sabe me dijo, y no nos creía nada, empezó a hacer escándalo, se subió arriba de unas mesas, amenazó a un compañero con un cuchillo diciéndole mentiroso, etc. A ver, ¡para! Úrsula, está acá, no ha dormido nada, está pálido, y me está contando lo de anoche, que no entiende bien lo que pasó anoche, pero cree que ahora lo sabe y vino a contármelo. Yo sabía que iba a ir para allá, Úrsula pensó en voz alta. Espera un momento, que viene para acá, le dije a Úrsula, asustado de no se qué, ¡voy altiro Víctor, espérame!. Úrsula después te llamo, y le corté bruscamente, y me fui corriendo a que Víctor me siguiera contando la historia. Era una prima, tengo que devolverle el llamado más tarde, me tiene una pega, le mentí. Pero sigue contándome, no hay problema.

“Está bien. Luego de eso, de los bailes y los brindis, traté de conversar con Gustavo, acerca de trabajo y de que si estaba ejerciendo. Él me dijo que sí, que trabajaba haciendo clases a primer año en lengua hispánica en la Universidad Católica, y le bastaba para vivir. Lo felicité, hice un salud entre los dos por él. Nos quedamos en silencio y se fue al baño. Fue así de corto. Yo también quería contarle cómo me iba, pero me dejó solo, con el vaso en la mano. A propósito, ¿me prestas el baño?”. Claro, cómo no, le dije. Se metió en el baño y aproveché de inmediato de llamar a Úrsula. Me fui a la pieza del fondo. Marqué, pero estaba ocupado, me empecé a preocupar más de lo que ya estaba, seguía sin entender nada, porqué Víctor había llamado mentiroso a un compañero, porqué estaba tan perturbado, porqué había amenazado con un cuchillo. Volví, ahora fui yo el que se sirvió otra copa y prendió otro cigarrillo. Lo esperé a que saliera, estaba ansioso de que terminara la historia.

Se demoró un poco en salir, después descubrí que había vomitado. ¿Quieres que siga? me preguntó, por supuesto, le respondí. “Bueno. Después de eso empezó a pasar algo que no alcanzo a comprender. Seguí a Gustavo para hablarle que yo también estaba trabajando, que ejercía igual que él, como te he contado a ti, que también hago clases y que me encanta, es un lindo colegio, pero hago clases de Lenguaje como la mayoría. Por eso le hice un brindis para él entre los dos un rato antes, porque en realidad hacer clases en la universidad era algo a lo que todos de alguna manera aspirábamos. Pero al decirle de mi trabajo me miró con cara de extrañeza, como que no me creyó. Me dijo que bueno, que se alegraba, pero me lo decía sin sabor en las frases, como un robot. Yo me quedé en silencio, y noté la indiferencia. Me fui al baño, me di cuenta que me estaba mareando ya con los tragos, me lavé la cara, oriné, y volví al carrete. En ese momento Gustavo hablaba con otro como diciéndose un secreto. Yo los observé, y me di cuenta sin más ni más que estaban hablando de mí”.

Víctor tomó un trago largo de vino, y se tomó una pausa. “De pronto se acercó Verónica, me saludó cordialmente, y me preguntó que cómo estaba, bien, le dije, súper bien, pero sigues con el tratamiento, me preguntó”. Qué tratamiento, le pregunté yo al Víctor. “Eso mismo le dije, que qué tratamiento, después que te fuiste a la clínica supongo que seguiste un tratamiento, todos siguen un tratamiento, me dijo. De qué me estás hablando, le pregunté, y se quedó en silencio, me estay confundiendo, le dije, y se quedó muda, impresionada, como si hubiese pasado la muerte frente a ella”. Volvió a sonar el teléfono, e interrumpí a Víctor. Espera un momento, le insistí.

Supuse que era Úrsula. Me podrías decir qué pasa, la increpé. Déjame un minuto y te lo explico todo, dijo. Le dije a Víctor que me esperara un momento, y volví al teléfono.

Hace cuánto tiempo conoces a Víctor, me preguntó Úrsula, hace unos cinco meses, le dije, pero eso qué tiene que ver con lo que sucedió anoche. “Espera, es simple, te lo voy a contar rápido. Cuando cursábamos el segundo año de carrera, Víctor quedó enamorado de una chica que cursaba un año más abajo que nosotros. Era de la misma carrera, Víctor la amaba, eso se notaba, todos lo notábamos, anduvieron unos ocho meses y terminaron, Víctor quedó muy mal, entró en depresión y justo era el final del año, tiempo de exámenes y entregas. Esto produjo que no lograra pasar ninguna materia. Después lo vimos al año siguiente rondando por la facultad ya sin estar matriculado, siempre decaído sin hablar mucho con nosotros. Dos meses después supimos que había sido internado en una clínica por su depresión, de la cual sólo salió hace unos ocho meses. Una compañera es amiga del hermano, y por ella nos fuimos enterando, lo queríamos mucho, era un tipo muy alegre, y de pronto era simplemente otro. Se fue a la Clínica, y quedamos varios muy tristes, pero nunca lo volvimos a ver. Anoche, en mitad de la fiesta, a un imbécil se le ocurre decirle la verdad, nosotros habíamos notado ya que solo había que seguirle la corriente aunque eso costara un esfuerzo, él cree que terminó con nosotros la carrera, y a éste tarado se le ocurre decirle que está loco que nunca terminó un carajo porque estaba en la Clínica, etc. Y fue lo terrible. Víctor se puso muy mal, no entendía nada, él decía que recordaba nuestra graduación incluso, pero insistía este tipo en tratar de hacerlo entrar en razón, pero no se podía, descubrimos que no había cambiado. Algunos intentaron de detenerlo, pero Víctor empezó a pelear, quiso pelear, empezó a hablar de que nos podía dar clases de latín, y empezó a balbucear frases ininteligibles, lo trataron de calamar, pero tomó un cuchillo del asado y amenazó a unos compañeros. Cayó finalmente de borracho, creo, y lo subieron a un taxi. Ahí se acabó todo. Antes de que cayera dijo que nadie había sido nunca su amigo, que todos éramos unos malditos, y que sólo tenía un amigo, y que ese eras tú, por eso supuse que estabas con él, porque te nombró”. Úrsula quedó en silencio, no te preocupes le hablaré y lo enviaré a casa. Luego te llamo, gracias por avisarme.

Colgué nervioso, en el comedor de mi departamento había alguien completamente extraño para mí, esa sensación era terrible.

Llegué me senté frente a él, no quise mirarlo, él intentó seguir la historia. Contó algo similar, pero diciendo que todos eran unos hipócritas, que le tenían envidia porque sabía hablar perfecto latín, etc. Yo me serví una copa más casi por reflejo, bebí un sorbo y tuve la valentía de volverlo a mirar. Lo miré a los ojos primero, y luego me vi en un reflejo de la ventana que estaba exactamente detrás de él y noté que mi cara tenía una expresión que jamás me había visto, ahora sé que era la expresión de cada uno de los que oía hablar a Víctor la noche anterior. Una cara de terror y de silencio, de no saber, de no reconocer a quién se tiene adelante y creerlo otro que no es. Todo eso lo pensé en dos segundos y luego volví la mirada a los ojos de él, abrió los ojos y empezó a tiritar, le cayó una lágrima del ojo izquierdo, hubo un silencio que fue del porte de la duda. Miré hacia un costado a un sillón del living y noté que el teléfono que está en la mesa de centro estaba descolgado y en el cenicero del lado un cigarrillo que humeaba. Me levanté y fui al baño corriendo, me encerré, creo que lloré, que vomité, que me vi en el espejo con un rostro distinto, como de una presa que no tiene salida pero que su instinto la lleva a escapar.

No sé cuánto rato estuve ahí, frente al espejo del baño, pero cuando salí Víctor ya no estaba, en la casa estaba solo yo, había dejado la puerta de salida abierta. Me asomé al pasillo para ver si estaba cerca. Me devolví al balcón para ver si lo veía en la calle y tampoco estaba. Me senté en el sillón, estaba respirando agitado, pensé en un momento que había sido un sueño, una alucinación, que en realidad nunca había sucedido algo en esa mañana. Pero el cigarrillo, frente a mí, todavía humeaba, el vaso de vino había quedado servido, pero ya no veía más a Víctor, ya no estaba.

Nunca más me llamó ni se comunicó conmigo. Yo por mi parte después de eso solo lo vine a buscar unos meses más tarde. En principio tenía un poco de temor encontrármelo. Nunca me contactar, pregunté por él a las personas que lo conocían, pero nadie sabía nada, y muchos además preferían no saber nada. Le envié mails, nunca los respondió, le envié mensajes de texto, su celular no estuvo más encendido. Le pregunté a Úrsula. Pero nada, había desaparecido completamente. Insistí un par de veces más comunicarme con él, pero fracasé, ya no estaba, lo habíamos hecho desaparecer. Luego se fue desvaneciendo de mi vida, y no insistí más.